El problema es el planteamiento. (II)*

La madrugada me encontró trabajando en la búsqueda del santo grial del diseño. Era sábado de primavera de playa para muchos, pero yo me encontraba atascado luchando infructuoso contra una idea por defecto viciosa, que no respondía “al planteamiento inicial del problema planteado por Petkoff”. Sabía por experiencia que la solución a un problema mal planteado es una mierda. Ese día dediqué cada minuto de vigor a la misión, un encargo in extreme de Teodoro Petkoff: El diseño gráfico para un partido político no marxista, no autoritario, abierto y democrático, llamado: Movimiento al Socialismo MAS. –Por lo menos yo compre el producto–. Pasé el fin de semana confinado en mi habitación 3-IN-ONE, especie de estudio de trabajo, Isla robinsoniana y dormitorio, eso sí, escuchando a The Who, Janis Joplin, Led Zeppelin, Joe Cocker, Carole King y Joan Báez. Siempre he mantenido la creencia de que el diseño es producto de lo que escuchas y consumes.

Confieso que no podía dormir esa noche del viernes para el sábado; lo que me hizo madrugar fue el sentido del orgullo, la estima y el escozor del desafío. No es que no tuviese una idea de diseño inicial, el problema fue que la primera idea que tuve nunca llegó a abandonarme. Incluso por encima de otros diseños rupturistas y con más recuerdo e impacto visual. La primera idea de diseño fue en apariencia fatal y ruinosa, era digna del diván Jacques Lacan. Se había convertido en un problema de contaminación visual obsesiva. Y no tenía tiempo para una descontaminación documental apropiada, tampoco disponía de un layout orientativo y menos un dossier, sólo de un ‘planteamiento inicial’. Me encontraba como (Gary Cooper viendo el reloj) “Solo ante el peligro” con la diferencia, que una es ficción y lo mío realidad. Hay quienes piensan que el diseño no duele, pero se equivocan, lo que cobra vida siempre duele. Es el síndrome de Pigmalión.

“Cuando un cliente te dice ‘métele más diseño’ es porque te ha perdido el respeto, en otras palabras, estás muerto / M. E. Ponte

Durante mucho tiempo, quizás demasiado, tuve el afiche como segunda piel. Vivía rodeado de su materia estética y sus mundos coloridos de vanguardia. El cartel era el paisaje, como para otros, eran los discos de salsa, el rock and roll, y las barajitas de beisbol. En realidad nunca he sido un coleccionista ni fans de ninguna cosa, ni he estado encerrado en ellas… Mi estancia estaba tapizada de gritos y mensajes de rebeldía, a veces contradictorios entre ellos, eso sí, ninguno era un dechado de racionalidad virtuosa. En realidad estaban ahí para recordarme que no todo en el cosmos era izquierda, derecha y armonía. Me gustaban más por su estética disruptiva que por lo que revindicaban. Mi intelecto (formación) no se correspondía con la cultura de la pequeña burguesía acomodada de los nuevos ricos, que compraban libros por metros y colores que combinarán con las cortinas y los muebles del salón. Y si eran enciclopedias Salvat mejor, que mejor.

“El mundo no está hecho de verdades, sino de realidades que no gustan a todos”. Manuel Eduardo Ponte

En los años 70´ disfruté de la mayor panoplia de carteles gráficos de la historia antes de su inesperada muerte súbita a mediados de los 80′, la década Kitsch. En aquellos días se podía viajar por la historia contemporánea a través del cartel sin movernos de un lugar, e incluso, escribir nuestra propia crónica sugestiva de la historia que nos había tocado vivir o sobrevivir a ella. La Era de las oscilaciones ideológicas. Sabíamos como sociedad en qué estábamos, además que pensábamos con sólo mirar un cartel. De esto y de aquello, estaban hechas nuestras conciencias y nuestros sueños, llamémosle alienación. Hay un libro de antipsiquiatría intitulado “viaje a través de la locura de: Mary Edith Barnes y Joseph H. Berke”. Quizás debería yo escribir otro ensayo con un título igual de sugerente: “Viaje a través de la locura del cartel de los años 70´, los orígenes de la locura.

En tres días con sus lunas, cree el logotipo del puño en alto del MAS, cuyo diseño en apariencia ya existía en la memoria social de las dos últimas décadas. A veces el diseño es un proceso de síntesis y aproximación, más que de originalidad y capricho. Nadie crea nada más allá de su espectro sociocultural. Los diseñadores gráficos estábamos acostumbrados a crear cosas sin atender a la demografía de los pueblos. Seguíamos las pautas del arte, que no pregunta, se impone. No conocía a ningún artista universal haciendo encuestas de opinión, o realizando degustaciones en los supermercados de sus obras para ir haciendo correctivos al producto. El problema a día de hoy sigue siendo el mismo. Aunque las nuevas tecnologías de la comunicación y la información nos permiten en tiempo real testar nuestras obras; de hecho, se escriben novelas adaptadas a los públicos en función de sus perfiles.

La leyenda urbana dice: “Un cartel es un grito pegado en la pared”, creo recordar que fue David Ogilvy, padre de la publicidad moderna y progenitor de la frase, y no el artista Español José Renau, a quien erróneamente se le atribuido. Seamos justos. Demos al publicista lo que es del publicista, y a Dios, lo que es de Dios.

La población en Venezuela, para aquel entonces, era en su mayoría rural y provinciana, mal informada y comunicada con el mundo geopolítico y sus vicisitudes histórica, su comunidad de intereses eran otros. El Estado no llegaba a todas las partes del territorio, pero Acción Democrática, y la cerveza Polar, ¡sí!  Crear un logotipo para un nuevo partido, en teoría para mí, “podría funcionar cualquier cosa”. Sí así era, por qué no probar con cosas ya testadas en la sociedad del cambio, y la protesta como forma de vida, per se.  

Qué decir de Bob Gill, para aquel entonces, sabía muy poco de él como diseñador gráfico y nada de su trayectoria profesional y de su pensamiento creativo… No niego que su lenguaje gráfico no tuviese algún impacto didáctico y formativo en mis ideas de diseño gráfico, pero no de forma consciente. Pero a diferencia con Bruno Munari, de quien conocía su obra, trayectoria y método, a Bob Gill no le conocía como teórico del diseño gráfico. Bruno Munari, para aquél entonces, era un diseñador y artista de culto . Representaba para mí las claves y las esencias que entran en juego en el proceso creativo de diseño gráfico. Munari también fue un precursor de todo lo conocido en diseño gráfico, incluido hoy día el arte fractal y digital.

“Cuando alguien dice: ésto lo sé hacer yo también, quiere decir que lo sabe recrear o de lo contrario ya lo habría hecho”. Bruno Munari.

Muchos años después en la librería “Lectura” del centro comercial Chacaíto, compre un libro del Bob Gill, dónde exponía su método creativo, algo así como: más allá de las reglas del diseño bonito. Leyéndolo en detalle me sorprendió que coincidiésemos durante tanto tiempo, en tantas partes y en tantas cosas, sin conocer sus ideas sobre su método creativo: “dar vuelta a la tortilla”. Todo planteamiento inicial de un problema, le corresponde un replanteamiento. El problema está en el propio planteamiento inicial como obstáculo. Hay que hablar de soluciones e ideas en lugar de diseño. El diseño gráfico debe ser un proceso para resolver problemas de comunicación. Replantéate el problema y harás cosas grandes.

“Si hoy tuviese que publicar mi propio método creativo, el libro tendría novecientas noventa y nueve páginas en blanco. Y en el primer folio el siguiente y único epígrafe a mitad de página: “El problema es el planteamiento” los otros 998 folios son el trabajo de investigación. En pocas palabras: no hay reglas, hay método”. Manuel Eduardo Ponte .


(III)* Todo diseño gráfico aspira a ser autoritario.

Entre Yevtushenko y Teodoro Petkoff (I)*

Qué difícil me resulta plantearme un viaje a un pasado con más de 45 años en distancia y olvido. Separar el brillo de la sombra, lo trascendente de lo nimio, la ilusión de la utopía, lo idiosincrásico de la apariencia. Una mirada a los años 70’s, es algo más que un relato episódico o sofisma del intelecto. Es un sosegado sentimiento de racionalidad triunfal. Una vista a la contracultura, las protestas sociales, la psicodelia y los campus universitarios. Es una crónica narrativa que describe a una década paradigmática del siglo pasado de mi adolescencia. El decenio de los elegidos, los picos de plata y los nerds. 

Los modernos denominan relato a aquellas cosas inanimadas que pueden echar el cuento, –digo- que las cosas al tener historia hablan de sí mismas, tienen alma –primitivismo animista– relatan lo sensible al conocimiento mágico intuitivo. Los antiguos decimos testimonio, narración, crónica, vivencia. Pero cuando se cosifican los hechos la historia se convierte en obituario, entonces, se producen relatos, de ahí la importancia de separar el relato de narración. A diferencia que a los objetos, la mundología humana cuenta historias, narran experiencias, recrean el universo, producen crónicas. Ambos modelos, relato y crónica, manifiestan y modifican –lo digo sin ambigüedades– mi exacerbada dependencia material e inmaterial con el decenio de los 70´s lo que supuso la pátina oxidada de todo lo que digo y dejo de decir. No pretendo ser auténtico, ni autocrítico, tampoco arbitrario, sólo yo.

Y a pesar de todo ello intentaré describir las intimidades que rodearon mi encuentro con Teodoro Petkoff, el político, porque el humano no se aprende en un día, y a veces nunca. Sólo hubo tiempo para empatizar en lo esencial. Pero eso no me impedirá bosquejar una semblanza amable que nos acerqué al contexto simbólico y emocional de ese momento conspirativo del destino, y el cómo y cuándo surgió el diseño del logotipo del puño alzado del partido, movimiento al socialismo MAS.

Estos hechos se sucedieron a caballo entre dos décadas, estando yo afianzado con un pie en cada estribo de los 60´s / 70´s, quizás fueron los periodos de cambio y efervescencia social más icónico en hitos y paradigmas de la historia del siglo XX. Supusieron los años más fértiles de la contracultura y las sempiternas protestas juveniles. Años de movimientos políticos, sociales, económicos; y de la embriaguez de los  límites al crecimiento, la tercera vía política, y el socialismo utópico libertario; una auténtica cornucopia mecánica del cambio y el hartazgo.

El encuentro con Petkoff ocurrió en Caracas, en casa de los padres de mi amigo Plinio Junior, compañero de estudios en el Liceo Andrés Bello y de extensas lecturas comprometidas y debates inútiles irresolutos. Lo último que he sabido de él, de Plinio, es su ascendente y brillante carrera profesional como profesor y catedrático de Ciencias Políticas y Sociología, en la Universidad de Princeton USA. Y además que sigue casado con mi exnovia Rebeca, también profesora en Princeton University.

“Princeton es una de las mejores universidades del mundo con siete nominaciones consecutivas al primer puesto por la revista US News & World Report; de 2001 a 2018 logró el puesto número uno 16 veces por encima de las prestigiosas Harvard, Yale, Stanford y Chicago”

El Padre de Plinio era catedrático y profesor influyente en la mejor universidad autónoma de latinoamérica: Universidad Central de Venezuela UCV de Caracas. Ellos vivían en un moderno y  modesto edificio de apartamentos frente al Liceo Andrés Bello, en la avenida México, entre el Parque Carabobo y la Galería de Arte Nacional de Venezuela (GAN) y la emisora de Radio Continente.

Esa misma mañana de un día más de primavera, el liceo había sido allanado por los “Tombos” la policía metropolitana antidisturbios del gobierno democrático de Rafael Caldera; después de una intensa protesta de dos días de encierro en el instituto y acoso, los cascos blancos de la policía habían decidido tomar las instalaciones del liceo. En medio de esa batalla campal, entre deflagraciones, gases lacrimógenos, rolazos, y detenciones a diestra y siniestra, pudimos con suerte escabullirnos. El único lugar que se ofrecía franco y seguro para esperar que amainara la refriega y la persecuciones, fue refugiarnos en casa de Plinio, yo y tres compañeros más de estudios.

La Madre de Plinio nos retuvo en el apartamento durante más de dos horas, eran las doce del mediodía, y nos invitó a almorzar. Comimos espaguetis con carne molida, salsa kétchup y PepsiCola. Llegada la hora de abandonar el improvisado refugio (concha), la madre de Plinio, la señora Matilde, no me dejó partir con los demás compañeros, tampoco a Plinio, para evitar que nos metieramos en serios problemas.  Yo era el más joven de todos ellos. La realidad es que siempre me trataron con deferencia familiar y especial protección, incluso me lleve mi habitual dosis de reprimenda y sermón. Así que tuve que quedarme hasta que llegara el profesor Hessen, padre de mi amigo y anfitrión, para luego acercarme a casa, sano y salvo, dónde me esperaba otra regañina más. Los padres de Plinio siempre responsables reprobaron mi precoz e impropio activismo político, por estúpido.

El profesor Hessen llegó a las seis de la tarde acompañado de tres líderes políticos populares “in crescendo” de los medios y rotativos del momento: Teodoro Petkoff, Argelia Laya, Pompeyo Márquez. Wow! Era la primera vez que los veía en carne y hueso a las leyendas vivas de la fuga del Cuartel San Carlos, (prisión militar y política) Eran los futuros líderes de la nueva izquierda democrática, de índole socio-cultural y la propuesta contrastada de un intelectual nuevo que supera las contradicciones clásicas de la izquierda marxista y totalitaria. Además era un referente político del incipiente movimiento “Poder Joven”, con el cual yo simpatizaba. Éramos una especie de “flower power sin fronteras”. Los cuatro venían de ser entrevistados en la emisora de Radio cercana a la residencia de los Hessen, en la avenida México. 

Teodoro, Pompeyo, y la filósofa Argelia Laya a quien ya conocía de vista de una charla en el aula magna de la UCV. Ellos se sentaron alrededor de la mesa del comedor, se les veía más humanos, más accesibles, como en una tribu. Revisaban y comentaban la sintaxis de los último retoques del documento final de configuración de un nuevo partido político de izquierda no marxista, junto al profesor catedrático de derecho Plinio Hessen –hablaron sin reservas ni misterios –al parecer el documento había sido redactado con anterioridad y consensuado con otros fundadores y actores de la futura organización. La Madre de Plinio también participó activamente en los debates junto a Petkoff, fungiendo de cicerone.  La señora Matilde era buena oradora, poseía un discurso muy agudo, analítico y sagaz, solo equiparable al de Petkoff.

El momento inesperado llegó –lo tengo grabado en el recuerdo– fue cuando Teodoro Petkoff sujetando el documento con la mano izquierda, lanza en ristre, dijo con voz entreverada emotiva y convincente –sólo falta el logotipo para registrar esta vaina– Los padres de Plinio me miraron con complicidad y sonrientes a la vez que me señalaban como la solución al dilema del futuro símbolo. Me sentí ufano, el elegido.

La familia Hessen sabía por experiencia demostrada de mis conocimientos de diseño gráfico e ilustración. Era el creador del logotipo de su pequeña empresa editorial. Y de alguna que otra portada e ilustración; todas ellas óperas primas de un carajito liceísta. Me van a permitir contarles una historia entroncada con la de Petkoff. Luego entenderán su valor y el significado que tuvo en el desarrollo de mi juventud y vida profesional. Y cómo uno de esos trabajos de diseño ordenan y matizan esta historia. La que terminó convenciendo, no sin elogios, del propio Teodoro Petkoff sobre mi idoneidad como creativo y diseñador. Fue la portada y las ilustraciones en plumilla para la  “Autobiografía de Yevgueni Yevtushenko”, el poeta soviético vivo más importante de occidente del siglo XX. Dicha autobiográfica es a día de hoy una obra proscrita en Rusia, y quizás sea también, la piedra angular para entender al hombre, al político, su pensamiento y obra.

Años después tuve el privilegio y honor de conocer al poeta ruso Yevgueni Yevtushenko, en la Asociación de Escritores de Venezuela, situada en la Av. Lecuna. Aproveche la ocasión para pedirle que me autografiara el libro que traía de casa, se trataba de su autobiografía. Me sorprendió que el poeta desconociera la existencia de la obra que le mostré. Una edición bilingüe, diseñada e ilustrada  por mí, de su “Autobiografía precoz” basada en la publicada por primera vez en 1963 en París en una revista semanal por Yevtushenko. En 1966 volvería a ser editada en México, en formato libro; pero nada que ver con la versión bilingüe e Ilustrada como la que yo llevaba para ser autografiada por el poeta. 

En ese accidentado episodio pude percibir al poeta nativo que imaginaba mientras ilustraba su autobiografía, incluido el aire que respiraba, era extrañamente el mismo. Vi a Yevtushenko emocionarse cuando fisgaba entre folios e ilustraciones inéditas, a las que yo iba explicando en detalle dándoles vida… La edición clandestina de la autobiografía fue para él una sorpresa, y entre miradas y emociones cruzadas tuvo el propósito de comprarme el libro sin mucho éxito. En un último intento apeló a la intermediación del embajador de Rusia, que nos observaba firme como un gendarme solitario en su garita. Hizo las veces de improvisado delegado de negocios. El ilustre embajador, no era muy diplomático, tampoco destacaba por su lóbulo frontal, hablaba en plata contante y sonante, ofreciendo dinero, regalos, vacaciones en Rusia, y las obras completas de Karl Marx y Engels, en piel. También el embajador iba acompañado de un “jalabolas de turno” el conocido y acaudalado dueño de la joyería Volga, que me dio su tarjeta personal para que pasara al día siguiente por su lujosa Joyería. Intentaron convencerme, lo confieso,  por tierra, mar y aire, que les vendiera el libro a cualquier precio.

Por momentos, y a ráfagas, me sentí atrapado en la decadente escalinata del puerto de Odesa como en el film “El acorazado Potemkin” en medio de una balacera. Si Jesús de Nazaret, soportó cuarenta días, siendo tentado por el diablo, unos minutos no iban a vencer a un budista, neoliberal, consumista, hippie, anarquista, diseñador, publicista, anacoreta, y cliente del McDonald’s, el Tropiburger, el Drugstore de Chacaíto, y la librería Tecni-Ciencia, de la Torre Phelps.

Después de varios intentos persuasivos y tendenciosos de fuego cruzado, no me prostituí, no me vendí. Y dado el interés  caprichoso, pero humano, del poeta por el polémico libro autobiográfico de sus confesiones sobre la II guerra Mundial, que le valieron la prohibición de salida de Rusia, y una de las peores condenas para un intelectual, el ostracismo absoluto, la anulación de la persona, una muerte en vida. Le dije que me sentiría orgulloso y bien recompensado si lo aceptaba como obsequio… En realidad, al final, me quede sin “chivo y sin mecate”.

En los años venideros tuvimos una insignificante e irrelevante correspondencia de mutuos saludos, además de algún que otro díptico publicitario de su vigorosa agenda de hombre renacentista del siglo XX, un hombre orquesta. La última misiva fue para invitarme a su academia de cine en Rusia. Algo que me fue imposible atender.

Pero volviendo a lo que nos ha traído hasta aquí: Cómo conocí a Teodoro Petkoff, la persona, y la crónica de la gestación del diseño del puño en alto del nuevo partido MAS. Ese día de primavera no hubo tiempo para las dudas, las estrellas se habían alineado en mi favor –me sentía envanecido, ufano. Fue el mismo Teodoro Petkoff quien me interrogó sobre la idoneidad y responsabilidad de asumir el peso histórico de crear los símbolos gráficos de una nueva organización política, con pensamiento y discurso contemporáneo propio. Ese día todo resultó complicidad, urdimbre e historia.

De recordar, puedo subrayar unas frases de Petkoff que me acompañarán toda mi vida: “Si la idea del diseño –me dijo– no se inicia de forma subversiva que amotine tu mente, e insoportablemente recurrente, será algo frío, intrascendente, un fiambre de diseño, correcto tal vez, bonito también, pero sin alma. Queremos algo que tenga alma; no corazón, porque el corazón no soporta el tiempo, te lo voy a decir –claro y raspa’o– Si eres capaz de cambiar la visión que tenemos nosotros del logo para el Movimiento al Socialismo MAS, la misión es tuya, pero sólo hasta el próximo lunes, porque tenemos a alguien trabajando en ello”

La percepción que tenía Petkoff sobre mí cambió bruscamente, pienso que fue más por consideración al Profesor Plinio Hessen, que por la portada e ilustraciones del libro de Yevgueni Yevtushenko. Ahora sé que nunca lo sabré.

Me tocó precisar, antes que reafirmarme en el desafío de Petkoff y compañía. Me la estaba jugando: “Si ustedes tienen, como dicen tener, muchas ideas sobre el deber ser de un símbolo, quizás las estén confundiendo con lo que no debería ser el símbolo, e incluso ambas opciones a la vez son probables y legítimas. Y de ser esta última, no necesitan un diseñador, sino un dibujante o realizador que materialice vuestra idea del signo. Y posiblemente ya tendrán a alguien.

Con todo el respeto deduzco que ustedes no tienen ninguna idea final del diseño, porque todas las ideas no pueden ser válidas a la vez. Concurrentes sí, coincidentes no, y menos en un diseño; la dinámica política de los comportamientos sociales, no es extensible a todo y al todo, a veces lo obvio y evidente no tienen la misma presentación social para todos. La legitimidad de un logo es el recuerdo y consenso sobre una idea, no sobre todas las ideas. La concreción, no la dispersión, es el sujeto del diseño. EL signo antecede al logo, es una cuestión de semiótica elemental. Los signos ‘son parte’ de los procesos de comunicación no verbal de la historia de la humanidad.

No existen empresas creadas a partir de un logotipo. –Todos permanecieron en silencio– un signo vacío no es un logotipo, pretende serlo, pero no lo es. Los logos cuentan cosas que las persona ya conocen y asocian. Es un contenedor de experiencias y recuerdos, en definitiva, tienen una carga narrativa emocional compartida.

En realidad, no tengo que ponerme en modo diseño como ustedes bien sugieren, porque siempre lo he estado. Los logos cuentan o narran lo que los signos han ayudado a crear, se llama prestigio, de ahí la personalidad del logo como recuerdo, o el signo como contenedor” también hay signos que subvierten el orden de las ideas, y las orientan. Pero nunca un signo vacío cuenta historias.

Cuando os escuché hablar de la creación de un nuevo Partido Político, les dije, mi mente no os pidió permiso para elucubrar ideas y emociones, y precisar conceptos, es lo que usted definió magistralmente como insurgencia, le espeté a Teodoro –al que todos miran asintiendo un sí con la cabeza– También para buscar referentes empíricos, no pidió permiso, no solo en las ideas políticas, sino también en los signos comunicacionales históricos y la contemporaneidad del mensaje. Mi mente nunca pide permiso para insurgir y luego pensar, yo lo llamo ímpetu que precede al diseño.

Esa tarde: Todos deliberaron sobre diseño representación y función –la que más, Angélica Laya, la filósofa– lo sorprendente fue que no hubo controversia en el tiroteo de impresiones y argumentos, más bien coincidencias muy bien razonadas, no estaba frente a personas tercas e irreflexivas, botarates, sino de cara a la historia y sus gigantes.

Lo último que recuerdo de Petkoff, además de su insondable mirada azul, fue nuestro apretón de manos, que parecían conocerse de siempre y para siempre, y el “adelante, la misión es tuya compañero”. Pompeyo Márquez se acercó a mí, adelantando su mano a la mía, y me dijo: Espero que tus diseños sean tan buenos como tu retórica comercial…

No hay nada más que añadir que ustedes ya no sepan, o que no acierten sobre mi estimación y respeto por Teodoro Petkoff y los líderes fundadores del MAS: Fue un privilegio conocerlos –como quien ve por primera vez el mar, o lo escucha dentro de un caracol, con independencia del método –El problema surge cuando te habitúas a verlos y escucharlos, dejan de tener magia, sobretodo, cuando descubres que el sonido de los caracoles no es el sonido del mar. Tampoco olvido el peculiar contrato de palabra: “la misión es tuya”, sellada con un apretón de manos de todos ellos y el abrazo solidario de la ‘La comandante Jacinta’, la brillante y excepcional Angélica Laya, y el de la familia de mi amigo Plinio.

(*)  Primera parte.  10/12/2018 



“Solo es verdadero aquello que funciona”

secreto de la sexta

¿Un partido político puede tener sus propios medios de comunicación de masas? ¿Cuál es la diferencia entre medios afines, y medios con fines ideológicos? Pienso que estamos obligados a poner el acento a la “ética política” o lo que entendíamos por política ayer, será hoy un mero ejercicio de poder totalitario. La libertad de expresión está regulada por la constitución, no es un campo abierto sin puertas. ¿Sería lisito pensar, si estas fuesen las reglas, que todos los partidos políticos tuviesen su propia señal de televisión, identificados con sus propias siglas y logos?  Reglas iguales para competir en igualdad de condiciones de poder. Que los ciudadanos sepan en todo momento el origen sectario o parcial de las opiniones de cada medio, y de cada cual.

La política convertida en hiperpolítica, en hiperinfoxicación mediática, no es un ejercicio de libertad democrática, es más otra cosa, es déficit democrático y crispación, conocido como ‘democracia alternativa’, ‘democracia radical’. Una sociedad en perpetua orgía electoralista, cuyo precio es la renuncia al modelo de democracia representativa, en beneficio de la democracia popular como alternativa, o poder de la gente, es barbarie.

Las confluencias y fusiones también se dan en otros estamentos y niveles organizativos, como los medios de comunicación de masas. Comparten un mismo ideal político y un mismo destino, el de la sociedad monitorizada, la sociedad convertida en ‘régimen in vigilando’, el poder de la gente, la democracia radical.

Siendo estudiantes de sociología no me costó muy poco entender que en sociedad no existe nada casual, que todo responde a una intencionalidad no siempre manifiesta. Ayer fue así, y hoy también sigue siéndolo. Cualquier análisis estructural de la sociedad pasaba por Robert Merton, y por las funciones manifiestas y latentes de su teoría social. Pero existen, hoy día, otras teorías transversales a las ciencias formales, sobretodo, cuando éstas no dice lo que nos gusta oír.

Hay otras teorías que explican el conocimiento subyacente a los hechos objetivados por la sociedad y los individuos, más que calcados, programados. La «DECONSTRUCCIÓN» es uno de esos recursos, no epistemológicos, transversales, cuyo método es negar el método, las reglas. Más que una teoría, es una posición intelectual, una estrategia rupturista, surgida de la necesidad de dar respuesta a todas las cosas, situándolas fuera de las reglas de conocimiento científico. Es la llamada, no regla, para analizar las estructuras sedimentadas que forman el elemento discursivo, la discursividad filosófica en la que pensamos y la que orienta nuestro comportamiento y acciones.

Para el filósofo Jacques Derrida, creador de este concepto no “todo es lenguaje” para demostrarlo hay que estar fuera de la historia y del método, por ser este parte y obstáculo de la estructura del morfema ideológico, la unidad teórica, el meme.

No es novedosa esta forma o modelo de pensamiento, ya el filosofó de la ‘economía política’ Karl Marx, a su manera, habría descubierto ‘el método’ de la no regla “…Los filósofos, decía Marx, se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”. Fue el primero de los filósofos, hay que reconocerlo, que se situó fuera de la historia; preconizo el fin de la historia como proceso reproductivo de las contradicciones económicas y sociales.

Una cosa es el materialismo histórico DECONSTRUCTIVO de Marx (historicismo) que denuncia las ideologías por encubridoras de la realidad y parteras de la historia. Y otra distinta, el pragmatismo populista Gramsciano, como pensamiento alternativo a la historia y al método, incluido materialismo marxista. Aquí quería llegar yo, al pensamiento pragmático de Gramsci, como el autentico DECONSTRUCTIVISTA del marxismo siglo XXI, reducido a escombrera por el pragmática transversal de Gramsci.

El autentico creador del pragmatismo marxista (el antiparabólico a la economía politica de Marx) fue Antonio Gramsci, quien redujo el marxismo a una pseudociencia de la estrategia, renunciando al materialismo dialéctico. Incluso Gramsci acusa a Karl Marx de rendirse al positivismo burgués. El pragmatismo transversal de Gramsci, (hegemonía cultural)

Gramsci reduce el marxismo a un agónico pragmatismo ideológico, o socialismo estratégico. El mismo pragmatismo que denunciaron Marx y Engels de los socialismos emergente del siglo XIX. Sobretodo Marx en su ‘Crítica del Programa de Gotha’, lectura básica para entender el postmarxismo. Gramsci fue un filósofo indocto y nimio, de un preceptismo marxista falso, antimodelo. En realidad no podemos tildarlo de ecuánime preceptor del marxismo al personaje. En realidad nunca Gramsci pretendió ser un marxista científico, sino lo contrario, solo un político pragmático. Podemos resumir todo su pensamiento en un principio populista: “Solo es verdadero aquello que funciona”.

La percepción del mundo de los obreros, vendría a decir Gramsci, es una percepción hecha de cientos de elementos heterogéneos fosilizados. La democracia representativa es un fósil, para el socialismo del siglo XXI. Este es un elemento perturbador para la democracia liberal, y la sociedad abierta, enfrentada a la democracia radical. Hasta ahora se creía que la orientación establecida por el progreso científico y técnico por si sólo garantizaría la subsistencia de los valores de la democracia abierta. No ha sido así.

Los espacios socio culturales abandonados, por esta falsa ilusión o creencia, han sido ocupados por los enemigos de la democracia. Una constatación d ello, son los medios horizontales de comunicación (social media), espacios desaprovechados por la sociedad abierta. El nuevo desafío de la democracia es hacer pedagogía y estrategia mediática, o seres fósiles del periodo prepodemita.